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Los primeros contratos de seguro

En la época bajomedieval, cuando la vida económica descansaba sobre el sistema de guildas, se consideraba inmoral el buscar beneficios muy elevados, porque al conseguir tales ganancias se perjudicaba a los otros miembros de la corporación. Pero, poco a poco, el propósito de lucro fue tomando importancia para quien desarrollaba una labor profesional. Este proceso se inició con la reactivación de la economía y el resurgimiento del comercio internacional a partir de las Cruzadas. Desde el ámbito religioso se intentó frenar esta marcha, y la institución del préstamo a la gruesa se vió afectada por una decretal del papa Gregorio IX promulgada en el año 1.230, que estimaba los intereses de préstamos dinerarios como una forma de usura reprobable. Sin embargo, ante las necesidades evolutivas del mercado, se exaltó la imaginación de banqueros y mercaderes en la búsqueda de soluciones para los problemas financieros que el desenvolvimiento de su actividad generaba. Y así se elaboró un artificio para alcanzar la solución perseguida, el cual se concretó de esta ingeniosa manera: el armador de la expedición comercial marítima ya no requería, para aparejarla, préstamo alguno; por el contrario, debía pagar por adelantado la sobretasa de riesgo (al ser lo primero que tenía que efectuarse, pasa a llamarse prima). Este valor quedaba irrevocablemente ganado por el antiguo prestamista (que desde entonces se denominaría asegurador), quien asumía a cambio la obligación de pagar el precio de las pérdidas o daños que pudieran sufrir las mercancías o el barco debido a riesgos del mar o actos humanos hostiles (el préstamo de antes se convierte en indemnización). Las causas de esta indemnización, o riesgos cubiertos, habían de estar expresa y claramente detallados en el documento contractual convenido entre las partes, que comienza a denominarse póliza de seguro. La palabra póliza tiene su origen etimológico en la voz latina polliceor, que significa promesa o compromiso. Dicho vocablo iniciaba el texto o nota que los aseguradores daban a sus asegurados (los prestatarios de antaño), en el momento de aceptar una cobertura. Es así como el uso y costumbre fueron difundiendo la palabra póliza para designar el documento que sirve de principal prueba de la existencia y los alcances de un contrato de seguro. Aparecen así, referidas al tráfico marítimo, las pioneras formas aseguradoras a prima que hoy conocemos, separando del contrato de fletamento o transporte, el contenido de garantía aseguradora que llevaba consigo, la cual pasa a adquirir existencia propia y autónoma. Y va perfeccionándose paulatinamente, extendiéndose con el correr de los años a la protección de otros riesgos ajenos al ámbito marítimo.

En resumen, la institución del Seguro se creó formulando su proceso técnico del modo más opuesto a la operación del préstamo marítimo con interés; se le dio la vuelta, y el préstamo por anticipado pasó a convertirse en compensación económica a posteriori y condicionada a la ocurrencia del siniestro. Ni más ni menos que una prohibición canónica permitió que surgiera el Seguro. A partir de entonces éste se desarrollaría de la mano del comercio, hecho que siempre se repite, como nos ha enseñado la Historia. Nada más expuesto a los peligros que las mercancías en tránsito, y la mejor forma de mitigar la incertidumbre del comerciante y estimular la dinámica económica es la transferencia del riesgo a quien, desde aquel preciso período histórico, haría de dicha labor y empeño una verdadera actividad profesional.

Entre los siglos XII y XIV tiene lugar dicho resurgimiento del comercio. Las ciudades de la Liga Hanseática, herederas de la navegación vikinga, dominan las rutas comerciales del norte de Europa. A su vez, mercaderes lombardos forman otra Liga que toma el control de las rutas comerciales del sur, gracias a la apertura de las mismas por parte de las Cruzadas. Las ciudades-República italianas, situadas en plena encrucijada del mundo comercial de la Alta Edad Media, constituyeron el lugar apropiado para los primeros “gateos” de estas nuevas instituciones aseguradoras. Los contratos de Seguro fueron muy habituales en Venecia, Génova, Florencia, Nápoles, Tarento, Bari y Pisa a comienzos del siglo XIV. Respecto a estos primeros seguros contra el riesgo marítimo cabe citar los Estatutos del Arte de Calimala, en Florencia, del 1.301; y el Decreto dado por el Duce de Génova, en el año 1.309, en el que se emplea por vez primera la palabra assecuramentum en su moderno sentido; así como el Breve Portus Kallaritani, establecido en Pisa en el 1.318.

El primer caso de verdadero contrato de Seguro Marítimo del que poseemos testimonio auténtico, data del 23 de Octubre de 1.347, fue suscrito en Génova y allí se conserva en actas notariales. En Pisa se guarda un contrato de seguro celebrado en el año 1.384, y otro en Florencia, del año 1.397. Un solo notario de Génova recibió en 1.393 más de ochenta contratos de seguros marítimos en menos de un mes.

Los grávidos y formalistas documentos notariales empezaron a decaer en el siglo XIV, viniendo a ocupar su puesto las pólizas mencionadas, documentos puramente privados de los aseguradores, otorgados muy frecuentemente por mediación de un agente o corredor, cuya forma jurídica desempeñaría un papel de gran importancia en este proceso histórico.

Un armador o un mercader que necesitaba protección aseguradora hacía constar sus necesidades en el contrato llamado póliza (polizza en italiano), que mostraba a aquellas personas conocedoras del cómo asegurar los riesgos de carácter marítimo. Las sumas en riesgo eran importantes y la mayoría de las pólizas exigían las firmas de muchos aseguradores. Cada asegurador aceptaba una parte del riesgo firmando con su nombre y declarando la cuantía que se comprometía a asumir. Tal es así, que ya en el año 1.370 se llevan a cabo las primeras coberturas en coaseguro y reaseguro, nuevamente en Génova. Ese mismo año, con motivo de una póliza de seguro para cubrir el riesgo de una travesía entre la ciudad italiana y los Países Bajos, se reaseguró la parte del viaje más peligrosa, que comprendía el trayecto desde Cádiz hasta el puerto de destino. En relación con esta cuestión, hay que señalar que el profesional del aseguramiento empezó siendo una persona individual, pero pronto surgieron las agrupaciones de profesionales en forma de mutua o sociedad anónima.

El Seguro Marítimo progresó enormemente por aquellas fechas. Parece ser que en la ciudad de Brujas existía una Cámara de Seguros hacia el año 1.310, en donde los mercaderes podían asegurar sus mercancías mediante el pago de un porcentaje estipulado de su valor. Y en Portugal, a finales de aquel siglo, se desarrolló un seguro obligatorio para buques de más de 50 toneladas.

El campo de acción de los seguros no se limitó al ámbito marítimo, pues ya durante el siglo anterior había pueblos en los que se indemnizaba en común a quienes sufrían el incendio de su casa; y los mercaderes que acudían a ferias locales para vender sus productos podían asegurarlos de incendio o de robo. En el siglo XIV se aprecia el primer seguro contra la insolvencia del asegurador y ya por el año 1.424 existía una sociedad en Génova que asumía toda clase de seguros.

A fines de la Edad Media, al arreciar leyes contra el juego y la apuesta, los legisladores, que sospechaban detrás de cada seguro un carácter aleatorio, decretaron nulos cuantos se celebrasen con este propósito, y establecieron el requisito fundamental y que todavía hoy se mantiene en vigor de que el Seguro había de tener por objeto un interés asegurable real, y nunca el puro azar.

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